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Mucho éxito. Todo humo.

Los vendedores de humo

Gratis y para siempre: el negocio sos vos.

A los veintitrés años yo tenía dudas. Este muchacho tiene un método.

También tiene un Lamborghini, una casa con piscina y cuarenta minutos para explicarme cómo dejar de ser pobre. Lo explica desde un teléfono, caminando hacia ninguna parte, con esa urgencia de quien acaba de descubrir que la humanidad puede salvarse, pero tiene que entrar al enlace de su biografía antes del domingo.

El domingo cierra.

El lunes abre otra vez.

La libertad financiera exige cierta puntualidad.

Me detengo a escucharlo porque dice que es gratis. GRATIS, así, en mayúsculas, con una convicción que ya querría uno para otras cosas: el amor, la jubilación, la impermeabilización de la azotea.

Tiene la palabra estampada en la frente. Su socia lleva otra: PARA SIEMPRE.

Entre los dos suman cuarenta y seis años y una experiencia considerable en la eternidad.

Ella cuenta que abandonó la universidad porque el sistema educativo forma empleados. Él dejó su trabajo porque no soportaba enriquecer a otro. Ahora los dos venden un curso para que yo trabaje recomendando el curso de ellos.

La emancipación viene con enlace de afiliado.


Hay una escena que se repite: alguien muy joven, en un lugar muy caro, te explica que la plata no importa.

Atrás hay una piscina.

Nunca una humedad.

Uno quisiera escuchar alguna vez una revelación sobre la abundancia pronunciada debajo de una mancha de humedad. Daría confianza. Pero la humedad no convierte, según parece. El mármol sí.

El muchacho señala el auto con una discreción de rematador.

—Esto es consecuencia de haber cambiado mi mentalidad.

Podría ser. También podría ser alquilado por hora. La imagen permite ambas cosas y la cuenta publica solamente una.

En la pantalla, sin embargo, ya ocurrió el milagro: yo estoy en mi cocina, esperando que hierva el agua, y él está en Dubái. El agua demora. Dubái reluce. Durante unos segundos, mi vida entera parece una mala decisión.

Ahí empieza la venta.


Nos hemos acostumbrado a llamar «contenido» a una cantidad extraordinaria de personas diciéndonos que vivimos mal.

Dormís demasiado. Te levantás tarde. Pensás en pequeño. Tenés amigos mediocres. Tu empleo es una cárcel. Tu sueldo es una limosna. Tu descanso demuestra falta de ambición.

El gurú tiene veinticuatro años y habla del fracaso con el cansancio de un veterano de tres guerras. Fracasó muchísimo, cuenta. Una vez lanzó un producto y no funcionó. Fueron días durísimos.

Ahora quiere ayudarte.

Qué suerte la nuestra.

Lo suyo es una vocación de servicio tan intensa que necesitó contratar una plataforma de pagos internacional.


Conviene mirar bien qué se vende.

El curso promete herramientas, comunidad, acompañamiento. Hasta ahí, podría ser útil. Hay gente que sabe cosas y las enseña; hay gente joven que trabaja muy bien. Conozco varios. Suelen estar bastante ocupados trabajando.

El vendedor de humo necesita otra escena. Necesita que te avergüences un poco de tu vida para que su oferta te parezca una salida.

Por eso insiste con tu jefe, tu horario, tu bondi, tu cansancio. Te muestra todo lo que te pesa y te ofrece resolverlo con una compra.

Incluso la frustración que te provoca su publicidad termina trabajando para él.

Un prodigio.

Uno pone la angustia y ellos ponen el botón.


«Gratis» merece un capítulo aparte.

Gratis es la clase donde te cuentan que existe un secreto.

El secreto se explica en el programa.

El programa tiene un precio especial.

El precio especial vence esta noche.

Esta noche, por alguna razón, dura desde marzo.

Después aparece «para siempre», que en internet suele significar hasta que cambien las condiciones, desaparezca la plataforma o el fundador descubra una nueva pasión.

Tenemos yogures con una definición del tiempo más rigurosa.

Pero ahí estamos, entregando correo, teléfono, ocupación, ingresos estimados y principal obstáculo para alcanzar nuestros sueños.

Todo eso para descargar siete páginas que recomiendan creer en nosotros mismos.

A esa altura ellos ya saben bastante de nosotros.

Nosotros seguimos sin saber de quién es el Lamborghini.


Le dicen Generación Z y enseguida aparece alguien dispuesto a explicar millones de vidas con una letra.

Sería cómodo. También sería una pavada.

Los jóvenes heredaron alquileres imposibles, trabajos inciertos y una vidriera encendida las veinticuatro horas donde siempre hay alguien de su edad al que le va espectacularmente bien. Después viene un señor a reprocharles que quieran ganar plata rápido.

El apuro se entiende.

Lo miserable es montar un negocio sobre ese apuro y llamarlo empoderamiento.

La vieja promesa de hacerse rico sin demasiado esfuerzo encontró cámaras mejores. Ahora usa zapatillas blancas, habla de inteligencia artificial y tiene un editor que corta cada respiración para que ninguna duda sobreviva al video.

El humo aprendió a subtitularse.


No propongo volver a la máquina de escribir ni ir a vivir a un cerro. Propongo algo más transgresor: hacer preguntas.

¿De dónde sale esa plata?

¿Qué trabajo concreto voy a aprender?

¿Quién compra lo que me enseñás a vender?

¿Podés mostrar resultados que no sean capturas tuyas?

¿Tu negocio funcionaría si mañana dejaras de vender cursos sobre tu negocio?

Esta última suele provocar dificultades de conexión.

También ayuda escuchar sin música. Bajar el volumen de la épica. Leer la promesa escrita, quieta, sin piscina, sin reloj, sin ese muchacho apuntándonos con el índice como si nos hubiera descubierto robando nuestra propia vida.

A veces quedan dos frases y ninguna respuesta.


El video termina. El muchacho vuelve a invitarme a su comunidad. Dice que quedan pocos lugares.

Miro la cocina. El agua ya hirvió.

Tengo cuentas, trabajo pendiente y unas cuantas dudas que no se resuelven antes del domingo. Me preparo un mate. Cierro el video.

Antes de desaparecer, su cara queda congelada en la pantalla: bronceado, sonriente, exitosísimo.

Debajo, un botón pregunta si quiero dejar de perder el tiempo.

Lo aprieto para cerrar.

Por una vez, cumplió.

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