Las empresas uruguayas incorporan herramientas de inteligencia artificial a velocidad récord, impulsadas por la promesa de eficiencia.
Sin embargo, este despliegue operativo ocurre frecuentemente en un vacío normativo preocupante, tal como reporta La Razón al analizar el uso generalizado de estas tecnologías frente a la ausencia de directrices internas.
Existe la creencia generalizada de que descargar una aplicación o contratar una licencia de software avanzado soluciona de inmediato los cuellos de botella administrativos. Se asume erróneamente que la tecnología opera como un sustituto automático del criterio gerencial, obviando que la automatización de procesos deficientes solo acelera el error humano.
En el mercado local, caracterizado por estructuras de pymes y plantillas reducidas, la falta de políticas corporativas claras sobre el uso de algoritmos genera riesgos legales, exposición de datos sensibles de clientes y pérdida de consistencia en la atención. Los empleados utilizan plataformas externas sin supervisión, mezclando información confidencial de la compañía con servidores públicos de procesamiento.
El principio rector de la gestión tecnológica
La tecnología adecuada depende del problema, no de la moda. Primero se comprende el proceso y se establecen reglas internas claras. Después se elige la herramienta.
Las direcciones empresariales deben redactar protocolos sencillos pero firmes antes de autorizar nuevas suscripciones tecnológicas. Es indispensable auditar qué datos corporativos ingresan a sistemas externos, capacitar al personal en el manejo ético de la información y definir responsabilidades sobre los resultados generados por los algoritmos.
El orden interno antecede a la innovación. Sin reglas explícitas de gobernanza, la inteligencia artificial deja de ser un activo estratégico para convertirse en un factor de vulnerabilidad operativa.




